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#ElErrorEsBello

Ya hemos pasado el ecuador de las vacaciones y aunque el listado de pendientes va acortándose, todavía me quedan por hacer cosas que seguramente no lograré terminar. Y como estas vacaciones coinciden con el comienzo del año, al listado inicial se le han ido añadiendo otros pendientes o igual es mejor llamarlos, de acuerdo a la época en la que estamos, nuevos propósitos.
Es así que inmersa en este espíritu de renovación que generalmente nos invade en estas fechas, le he dado  la vuelta a este blog que tiene ya algunos años de vida pero los mismos de idas y venidas.
Y para empezar a calentar motores voy a realizar mi primera re(D)flexión en torno a lo que junto al grupo de alumnos de la asignatura Técnicas de Expresión Gráfico Plásticas hemos definido como el lema para este curso: #ElErrorEsBello y que es un tema que estos últimos tiempos ocupa gran parte de mis lecturas y enREDos mentales.

Todo empieza cuando, trabajando con los alumnos de la asignatura, intento hacerles comprender la importancia del proceso de bocetaje como paso previo a la realización de cualquier trabajo definitivo. Las reticencias que presentan a la hora de realizar más de un boceto preparatorio no son nuevas para mí, porque me he topado muchas veces con ellas en la asignatura de Educación Plástica. El problema es que con quienes trabajo ahora son alumnos de Bachillerato en la modalidad de Artes y la comprensión del funcionamiento del proceso de trabajo artístico pasa necesariamente por la aceptación e integración de la fase de bocetaje como primer paso del mismo.
Una luz se enciende en mi mente cuando me doy cuenta de que los alumnos comprenden la realización de varios dibujos preparatorios no tanto como un proceso sino como un conjunto de productos fallidos. Detecto en ellos la necesidad de lograr el éxito en el primer intento. "Repetir" una imagen (o incluso generar variaciones de la misma) es interpretado por ellos como un fracaso y nunca, como yo pretendo hacerles entender, como un proceso de acercamiento a la mejor solución. ¿Cual es el problema? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Para algunos compañeros de profesión la respuesta a esta pregunta puede ser fácil de encontrar analizando el entorno en el que crecen los estudiantes. Unos lo achacarán a una sociedad en la que el gusto por lo instantáneo, el placer por lo inmediato ha entrado a formar parte de lo cotidiano. Otros responsabilizarán de ello a las "nuevas tecnologías" que a golpe de botón proporcionan respuestas que en tiempos pasados había que buscar en gruesas enciclopedias. También habrá quien opine que son las familias las que tienen gran parte de culpa, porque regalan a sus pequeños todo aquello que demandan sin educarles en la frustración. Y así, iremos poco a poco encontrando a los responsables de este gusto por la recompensa inmediata en todo aquello que rodea a los alumnos. En todo aquello menos en algo que les acompaña ocho horas al día, cinco días a la semana y nueve meses al año: la escuela.
Puede que estos factores que he mencionado (sociedad, nuevas tecnologías, familias) y algunos más influyan en la situación, pero como docentes poco o nada podemos hacer con ellos o contra ellos, y a mí me gustaría ir algo más allá o, quizá es mejor decir, venir más acá: mirar hacia dentro y pensar si como educadores tenemos alguna responsabilidad en la situación.
Y aquí es donde me viene a la cabeza aquello del currículum oculto, entendido éste como el conjunto de normas, costumbres y creencias presentes en la estructura y el funcionamiento de una institución y que, sin pretenderlo, constituyen una fuente de aprendizaje para las personas que integran la misma.
Analizando el tema desde esta perspectiva puedo ver a muchos profesores lanzando continuos mensajes que hablan de que el error es igual a fracaso. Estos mensajes, que a veces no son tan ocultos, se repiten de forma periódica, como cuando las calificaciones de todo un trimestre (proceso) se fundamentan en un único examen (producto). Esto, que sucede frecuentemente en bachillerato, nos coloca ante un escenario en el que el valor del aprendizaje se reduce a lo que el alumno haga ante una serie de preguntas concretas seleccionadas por el profesor para la ocasión. Si por cualquier motivo el resultado es fallido, la calificación es negativa y la información que el alumno recibe acerca de su proceso de aprendizaje es que "ha fallado" y "tiene un suspenso". Ante este panorama, cuando alguien trata de hacer ver la utilidad (incluso la necesidad) del error a un alumno de bachillerato, como ha sido mi caso, la respuesta está clara: el error es fracaso y yo no quiero pasar por ahí.
Pero en otras ocasiones, el mensaje que lanzamos no es tan explícito. Esto sucede cuando como docentes no aceptamos que nosotros también tenemos que aprender y que como cualquier aprendiz también nos equivocamos. La reticencia a aceptar que nuestra forma de hacer forma parte de un proceso de aprender a enseñar y que como tal no es perfecta, refuerza el mensaje oculto "error igual a fracaso". Esto queda claramente al descubierto con la irrupción de las nuevas tecnologías en el aula, cuando muchos docentes han sido incapaces de incorporar a sus clases estas herramientas porque creen (de forma errónea) que los alumnos saben más que ellos y creen que asumir cualquier falta de conocimiento les coloca en una posición de desventaja. Pero esta reticencia también se observa en la negación de muchos docentes a ser evaluados por unos alumnos que seguramente podrán el acento en aquello que no se hace tan bien y hay que mejorar. Y también se puede encontrar en la negativa de otros muchos docentes a abrir las puertas del aula y permitir que otros compañeros entren ella, no vaya a ser que algunas formas de hacer no tan adecuadas queden al descubierto...
Para romper con estos mensajes ocultos, los docentes tenemos que asumir que también para nosotros el error es una oportunidad de aprendizaje. Si hubiéramos nacido sabiendo no nos quedaría nada por hacer y la vida es tan interesante y especial justo por eso. El aprendizaje a lo  largo de la vida es una aventura emocionante, un proceso en el que lo importante no es llegar a la meta, sino todo aquello que sucede en el camino y que nos habla de nosotros mismos, de cómo aprendemos, de cómo nos relacionamos, de cómo aceptamos las críticas de los demás y del tono en que realizamos aportaciones a otras personas.
Tenemos que reivindicar que el aprendizaje es error y por eso mismo #ElErrorEsBello. Este es el lema de nuestro grupo de Técnicas de Expresión Gráfico Plásticas. Espero que en estos meses que quedan de curso podremos hacer algo para que los alumnos de la asignatura lo asuman como lema de vida, abran las puertas de sus mentes al error, y empiecen a equivocarse y a APRENDER mucho. Seguramente en el camino haremos cosas mal pero, de eso se trata...

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